lunes, 17 de diciembre de 2012

Encuentros de algún tipo..

Por José Terrats
 
Todo empezó cuando pude conquistar ese asiento -uno no siempre está sensible a todo a su alrededor cuando está en la modalidad de supervivencia-. Seguramente, antes, ya había empezado pero yo ni enterado. Al sentarme, suspirar, congratularme, acomodar mi existencia y resguardar mi cargamento peatonal bajo mis piernas (compras navideñas, supongo) pude pasar entonces a ese estado de contemplación “abierta” del pasajero dispuesto a disfrutar ese breve viaje, es decir dispuesto a ser entretenido por cualquier cosa y empecé a buscar un lugar, objeto, letrero o persona donde posar la mirada y entonces me topé con esa mirada insistente que me veía de manera fija, lacerante, líquida e inexplicable. Debo ser muy claro que en esta ciudad uno siempre tiene alerta los sentidos para escabullirse de los “roces” cotidianos, miradas furtivas y bien disimuladas, esos accidentes urbanos en los que se trastocan nuestros espacios vitales, es decir se crea –dicho sea de paso- esa conciencia de la abrumadora otredad y al mismo tiempo se desarrolla un ecuánime  insensibilidad al prójimo más cercano al punto que uno se vuelve inmune a ese protocolo de indiferencia proxémica convenida por los otros pasajeros; sin embargo, esta vez, "lo" que me veía desde aquella esquina del pasillo  del vagón -retacado de manos y cabezas- era digno de alertar todos los protocolos de “normalidad urbana”.

Esa mirada definitivamente no era común, ni siquiera puedo decir que era humana, de hecho no lo era. La sensación al principio fue de intriga, posteriormente de incomodidad al no saber cómo disimular que me sentía observado, pero en un instante todo eso se convirtió en una curiosidad abrumadora, una imperante necesidad de volver a echar un vistazo y después de una coreografía torpe para ver bien sin que me vieran descubierto (tuve que despojarme de la vergüenza) quise ver frontalmente. En ese momento –ya decidido- después de intentar de ver sin desviar la mirada cerré los ojos fuertemente como si se tratara de un suspiro ocular y abri los ojos decidido a ver completa y descaradamente y en ese instante lo único que alcancé a ver fue cómo una masa amorfa de manos y rostros sacaban -como si se tratase de una inundación que de pronto encuentra desahogo- esos ojos intensos e inexplicables que no dejaban de verme. Ví cómo se lo llevaban y lo alejaban. Atónito, lo que vi a continuación fue tan rápido y tan fugaz que tengo miedo de no ser lo suficientemente veraz  al describir lo que,  ya sin temor, alcance a ver. Pude ver más allá que esos ojos entre tristes e interrogantes, pude ver ya algo que me recordaba a un humano, pude ver lo más cercano a un rostro, tal vez destellante, casi brilloso, no sé si blanco o sólo era el reflejo de las lámparas frías de un vagón sin vida. Pude ver su cuello, largo, tan delgado y frágil; detrás, pude ver algo que parecían pedazos de algo blanco que se desprendía tal vez plumas tan blancas que me recordó cómo terminaban esas guerras de almohadas que teníamos mi hermano y yo entre risas e infancia, vi cómo levitaban pequeñas nubes blancas que se a antojaban mariposas esponjosas aterrizando lentamente. Eran, no lo sé, sus alas apretujadas y restos de plumas blanquísimas dejando evidencia sutil de que eran grandes…muy grandes. Mientras, la masa de gente me arrebataba esa postal urbana inédita y esos ojos inmutables me seguían viendo mientras se alejaban a las oscuras fauces de la estación en turno, mientras otros infelices pasajeros en una absurda y tosca coreografía ocupaban el lugar de esa turba olorosa que me arrebataba esa visión. De pronto todo estaba igual y sentí que algo, inexplicablemente, había perdido en ese instante contacto visual. Tuve la imperiosas necesidad de pararme y salir corriendo tras esos ojos pero ese sonido que no me sonó tan cotidiano anunciaba que el vagón cerraría sus puertas y mientras me intentaba levantar sentí cómo una pared humana se presentaba inamovible.

Desde entonces cada vez que espero un convoy, en esos pasillo obscuros, en esos intestinos de esta ciudad, cada vez que siento esa brutal caricia de toneladas de metal y vidrio pasar a lado mío, cada vez que se abren esas puertas que liberan carnes y huesos conducidos por almas atribuladas espero encontrarme nuevamente esos ojos, esas alas, esa contundente mirada que temí ver en sus momento porque no sabía qué era o quién, o qué significaba o qué buscaba. Sé que tememos lo que no conocemos y al decir no conocer me refiero no entender, no creer; pero sé que lo que vi aquella tarde era todo menos lo que he visto todo este tiempo, era algo un poco más que nada.

Ahora sé que los ángeles, también, viajan en metro.

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