Por José Terrats
Todo empezó cuando pude conquistar ese asiento -uno no
siempre está sensible a todo a su alrededor cuando está en la modalidad de
supervivencia-. Seguramente, antes, ya había empezado pero yo ni enterado. Al
sentarme, suspirar, congratularme, acomodar mi existencia y resguardar mi
cargamento peatonal bajo mis piernas (compras navideñas, supongo) pude pasar entonces
a ese estado de contemplación “abierta” del pasajero dispuesto a disfrutar ese
breve viaje, es decir dispuesto a ser entretenido por cualquier cosa y empecé a
buscar un lugar, objeto, letrero o persona donde posar la mirada y entonces me
topé con esa mirada insistente que me veía de manera fija, lacerante, líquida e
inexplicable. Debo ser muy claro que en esta ciudad uno siempre tiene alerta
los sentidos para escabullirse de los “roces” cotidianos, miradas furtivas y
bien disimuladas, esos accidentes urbanos en los que se trastocan nuestros
espacios vitales, es decir se crea –dicho sea de paso- esa conciencia de la abrumadora
otredad y al mismo tiempo se desarrolla un ecuánime insensibilidad al prójimo más cercano al
punto que uno se vuelve inmune a ese protocolo de indiferencia proxémica convenida por
los otros pasajeros; sin embargo, esta vez, "lo" que me veía desde aquella
esquina del pasillo del vagón -retacado de manos y cabezas- era digno de alertar todos los
protocolos de “normalidad urbana”.
Esa mirada definitivamente no era común, ni siquiera puedo
decir que era humana, de hecho no lo era. La sensación al principio fue de intriga, posteriormente
de incomodidad al no saber cómo disimular que me sentía observado, pero en un
instante todo eso se convirtió en una curiosidad abrumadora, una imperante necesidad de volver a echar un vistazo y después de una
coreografía torpe para ver bien sin que me vieran descubierto (tuve que despojarme de la vergüenza) quise ver frontalmente.
En ese momento –ya decidido- después de intentar de ver sin desviar la mirada
cerré los ojos fuertemente como si se tratara de un suspiro ocular y abri los ojos decidido a ver completa y descaradamente y en ese instante lo único que
alcancé a ver fue cómo una masa amorfa de manos y rostros sacaban -como si se
tratase de una inundación que de pronto encuentra desahogo- esos ojos intensos e
inexplicables que no dejaban de verme. Ví cómo se lo llevaban y lo alejaban. Atónito, lo que vi a continuación fue
tan rápido y tan fugaz que tengo miedo de no ser lo suficientemente veraz al describir lo que, ya sin temor, alcance a ver. Pude ver más allá
que esos ojos entre tristes e interrogantes, pude ver ya algo que me recordaba
a un humano, pude ver lo más cercano a un rostro, tal vez destellante, casi
brilloso, no sé si blanco o sólo era el reflejo de las lámparas frías de un
vagón sin vida. Pude ver su cuello, largo, tan delgado y frágil; detrás, pude
ver algo que parecían pedazos de algo blanco que se desprendía tal vez plumas
tan blancas que me recordó cómo terminaban esas guerras de almohadas que teníamos
mi hermano y yo entre risas e infancia, vi cómo levitaban pequeñas nubes blancas que se a antojaban
mariposas esponjosas aterrizando lentamente. Eran, no lo sé, sus alas apretujadas y restos de
plumas blanquísimas dejando evidencia sutil de que eran grandes…muy grandes.
Mientras, la masa de gente me arrebataba esa postal urbana inédita y esos ojos
inmutables me seguían viendo mientras se alejaban a las oscuras fauces de la
estación en turno, mientras otros infelices pasajeros en una absurda y tosca coreografía
ocupaban el lugar de esa turba olorosa que me arrebataba esa visión. De pronto todo estaba igual y sentí que
algo, inexplicablemente, había perdido en ese instante contacto visual. Tuve la imperiosas
necesidad de pararme y salir corriendo tras esos ojos pero ese sonido que no me
sonó tan cotidiano anunciaba que el vagón cerraría sus puertas y mientras me
intentaba levantar sentí cómo una pared humana se presentaba inamovible.
Desde entonces cada vez que espero un convoy, en esos
pasillo obscuros, en esos intestinos de esta ciudad, cada vez que siento esa
brutal caricia de toneladas de metal y vidrio pasar a lado mío, cada vez que se
abren esas puertas que liberan carnes y huesos conducidos por almas atribuladas
espero encontrarme nuevamente esos ojos, esas alas, esa contundente mirada que
temí ver en sus momento porque no sabía qué era o quién, o qué significaba o
qué buscaba. Sé que tememos lo que no conocemos y al decir no conocer me
refiero no entender, no creer; pero sé que lo que vi aquella tarde era todo
menos lo que he visto todo este tiempo, era algo un poco más que nada.
Ahora sé que los ángeles, también, viajan en metro.
Ta' muy chido el blog, congrats!
ResponderEliminarKlaus Thomas