Por Mauricio
García.
¿Y ahora qué hago? Parece la pregunta de un
desamparado, alguien que de pronto sufrió un cambio tan drástico en su vida que
se ve obligado a tener que empezar de nuevo. También pienso en un aprendiz de
cocinero, que terminó de lavar los platos antes de tiempo para buscar una oportunidad
para entrar al fogón, o al menos, empezar a picar las cebollas.
Esta es una pregunta verdaderamente poderosa porque en
ella no esperamos una respuesta concreta, es de esas preguntas donde queremos
que aparezca ante nosotros una nueva ruta como razón de ser. Por eso tal vez es
una de las preguntas más utilizadas en nuestra vida; ésta y su opuesta ¿por qué
sigo? Si supiéramos las respuestas a estas dos preguntas en una persona,
podríamos diseñar biografías de personalidad únicas.
¿Y ahora qué hago? ¿Por qué sigo escribiendo?
¿Y ahora qué hago? Es miércoles y mis hijos no
aguantan un día más comiendo las milanesas y espagueti con jitomate que siempre
les hago.
¿Y ahora qué hago? Terminé mi carrera, viajé, conocí a todo el mundo, no pude aprender a surfear nunca ni tampoco pude escribir un libro sobre la frugal vida de los surfistas
¿Y ahora qué hago? Me dejó el avión por culpa de un tiroteo dentro del aeropuerto.
¿Y ahora qué hago? Terminé todas mis tareas del día y no tengo a donde ir, ni con quien ir, pero tampoco tengo ganas de quedarme sentado.
Una vez dejé de cuidarme, ahora tengo 20 kilos más que
aquel emocionante día en atravesé nadando un lago de lado a lado. Y ahora ¿qué
hago?
Pero cuánto podría cambiar nuestra historia si esa pregunta
tan frecuente fuera ¿y ahora qué hacemos?
No tendríamos que confundirla con ¡y ahora que vamos a
hacer!, este sería un acto desesperado, en el que nos llevamos las manos a la
cara. Nos chocaron el carro, ¡qué vamos a hacer!, nos dejó el vuelo ¡qué vamos
a hacer!
Nadé, terminé mi carrera, viajé y tiempo después subí
20 kilos; corrí por la playa hasta que acabé agotado, me senté en la playa al
lado de un surfista hasta que me dijo: ¿y ahora qué hacemos? Después ¿sabes
nadar? Y así fue como aprendí a surfear, bajé 15 kilos y volví a cruzar nadando
un lago de aguas heladas. Lo malo de esa pregunta es que sólo la hacemos a los
conocidos. Pero el secreto está en hacer la pregunta cuando compartimos una
historia o experiencia previa, cualquiera que sea, sin importar lo corta o insignificante
que sea.
Después de viajar juntos en el mismo tren durante todo
el día, dos desconocidos se hicieron una pregunta inesperada ¿y ahora qué
hacemos?
Tenían más de 10 años sin verse, se encontraron en un
concierto, cantaron y después hicieron una pregunta ¿y ahora qué hacemos?
Con la pregunta ¿y ahora qué hago? Es posible que
miremos al piso. Con la pregunta ¿y ahora qué hacemos? Miramos a los ojos a alguien
más.
Es una pregunta que tal vez olvidamos con el tiempo.
Siendo niños es común que nos encontremos en un lugar extraño con otros niños
cuando acompañamos a nuestros papás. Estás en ese lugar aburrido, piensas, agitas
los pies, masticas el chicle y vuelves a
mover los pies hasta que le dices algo al niño de al lado. Mueven los pies juntos
y sin pensarlo hacen esa pregunta: ¿qué hacemos?
¿Cuántas veces has hecho esta pregunta impertinente
este mes? ¿Esta semana? ¿A quién desearías hacerle esa pregunta? ¿Cómo sería tu
vida si la respuesta a esa pregunta fuera HAGAMOS!
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