Por Mauricio García
Primera
foto: Una mujer con zapatillas color verde te sonríe tímidamente cuando vas cruzando
la calle.
Una mujer sale a la calle
después de bañarse y pintarse en su casa, estrena zapatos nuevos, muy lindos,
de color verde, no deja de verlos cuando termina de ponérselos sentada en su
cama. Va caminando por la calle, sin pensarlo mira a un hombre que pasa a su
lado cuando cruza una calle mostrándole una sonrisa incómoda, el hombre la mira
a los ojos pero esto despierta en su interior una rabia inmensa, siente surgir en
el estómago un resentimiento que no puede explicar ni evitar. Llega al trabajo
y se sienta frente al escritorio sin prender la computadora, en ese momento
piensa para sí misma que si vuelve a encontrarse al hombre, lo escupirá en la
cara y escapará corriendo antes de que este pueda reaccionar a su ataque.
Mientras piensa en todo esto, alguien le pregunta ¿cómo estás? Hoy llegaste más
temprano. Ella se levanta para darle un beso y sólo repara en decir que se le
hizo temprano y que estaba pensando en todo lo
que tenía que hacer durante el día. A partir del siguiente día, ella
carga sus zapatos en el bolso y usa tenis, también lleva un gas pimienta que
toca todo el tiempo con los dedos como para asegurarse que no ha desaparecido o
que lo ha olvidado; ha internalizado que atacará a cualquier hombre que vuelva
a despertar en ella ese resentimiento que está totalmente justificado, porque
todos los hombres son unos puercos, todos sin excepción serán unas bestias
cuando encuentran la oportunidad.
Segunda
foto, 11:20 de la mañana: Encuentras una mujer y un hombre sentados en un café,
el hombre voltea a verte y te sonríe confiadamente.
Una pareja empieza su día
en la terraza de una cafetería, están sentados en silencio uno frente a otro
pero sin verse, cada uno revisando el celular. A él se le ocurre decir que es
absurdo pedir un café con doble carga pero con leche deslactosada light; tu
simple comentario detona una tensión interna en ella, la evidencia de la
repulsiva personalidad del hombre, su prepotencia, su falsa seguridad y lo
incomprensible de seguir con él. Después de otro momento de silencio, él le
dice que tienen que irse. Ella termina de un sorbo su café, ambos se levantan,
tiran a la basura sus vasos, el de él todavía a la mitad y salen caminando
apresurados, sin hablar, viendo al celular pero sin ponerle atención.
Tercera
foto, 5:30 de la
tarde: Miras por la ventana de una casa con
las cortinas abiertas a un hombre y a una niña viendo la televisión, la niña se
asoma, te mira y te sonríe con interés.
En un momento cualquiera un
hombre ve la televisión y un comercial despierta en él un conflicto del pasado,
un hecho lo sigue inquietando; aquel momento donde un compañero de la escuela
lo golpeo cobardemente, cuando lo tomó por sorpresa saliendo por la puerta de
unas canchas de básquetbol que cruzaba para llegar más rápido a su casa. Es un
recuerdo todavía vivo, casi vuelve a sentir ese puño en el estómago que le
dolió más que cualquier otro y que le impide recordar las palabras que le decía
su golpeador adolescente. Revive en su interior aquella furia pero no le dice
nada de eso a su hija cuando le pregunta, ¿qué tienes papá? Sólo le responde,
nada, hace un silencio que dura unos minutos hasta que su hija vuelve a
preguntarle, ¿de verdad no tienes nada?
Cuarta
foto, 6:20 de la
tarde: Dos hombres hablando en el mostrador
de un taller mecánico, voltean a mirarte y esbozan una sonrisa que parece casi
entrenada para darte una buena bienvenida.
Un asesino reivindicado
ofrece un consejo inverosímil a otro asesino en una etapa de crisis para
dominar sus impulsos de matar. Es evidente que ambos saben lo que son y
consideran totalmente innecesario clasificarse, mostrarse o siquiera mencionar
ese hecho. Ninguno necesita comprensión ni solidaridad de nadie, ambos han aprendido
a aceptar lo que les pasa por dentro. El consejo es absurdamente obvio: cuando
sientas ese deseo, cuando estés a punto de hacerlo, antes que tus manos dejen
de temblar, déjalo ir, no perdones pero deja que escape y quédate inmóvil sin
pensar, sin decirte nada. Sentirás alivio, una tranquilidad incómoda, incierta,
que confunde tu deseo. No es fácil, si no paras por completo y dejas ir tu
impulso te sobrepasará, en un instante te convertirás esa bestia que tanto
temes. Y vendrán, cinco, diez o quince intentos más. Cuando la bestia empiece a
agotarte, podrás intentarlo de nuevo. En algún momento, te detendrás un
segundo, harás un silencio dentro de los oídos, aunque los gritos sigan. Verás
la huída sin parpadear, aliviado acomodarás tus omoplatos y tu cuello para
salir corriendo nuevamente persiguiendo su rastro. Aunque la bestia vuelva a
enrojecer tus ojos, habrás encontrado un destello, un espacio sin ese deseo. Recuerda siempre que si algo nos hace distintos,
es que nosotros sí respondemos a lo que nos pasa por dentro. En ese momento,
algo los distrae, el flash de una cámara de un hombre que avanza en por la calle
mirándolos de forma insistente. Ambos voltean a verlo, le sonríen y sus ojos
empiezan a enrojecerse de ira.
La trastienda de lo cotidiano...
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